El consumo habitual de alcohol en jóvenes cae un 60% en dos décadas, pero se dispara el consumo intensivo de fin de semana

25/10/2026

El consumo habitual ha caído un 60%, mientras ganan terreno los episodios de consumo intensivo. El psicólogo Nando Gaspar explica en «El cuarto azul» cómo influyen las redes sociales, el culto al cuerpo y la presión de grupo en los nuevos hábitos juveniles.

Los jóvenes españoles beben alcohol con menos frecuencia que hace dos décadas, pero eso no significa necesariamente que beban menos cuando salen de fiesta. El consumo habitual ha descendido un 60% en los últimos veinte años, según los datos del Ministerio de Sanidad analizados en El cuarto azul. Al mismo tiempo, preocupa el consumo intensivo de fin de semana, con grandes cantidades de alcohol concentradas en unas pocas horas.

El psicólogo y especialista en adicciones Nando Gaspar encuentra parte de la explicación en los cambios que han experimentado las nuevas generaciones. La preocupación por la salud, el ejercicio físico y la imagen personal ha ganado peso entre los jóvenes, que ya no relacionan necesariamente salir y divertirse con consumir alcohol.

Las redes sociales también han contribuido a modificar esos hábitos. La exposición constante de la propia imagen y la influencia de creadores de contenido vinculados al deporte y la vida saludable han hecho que el consumo de alcohol pierda atractivo en determinados entornos juveniles.

A ello se suma la creciente oferta de bebidas sin alcohol, incluidas las versiones 0,0 de productos tradicionalmente asociados al consumo alcohólico, que permiten mantener las mismas rutinas sociales sin necesidad de beber.

Del consumo habitual a las nueve o diez copas en una tarde

La reducción del consumo frecuente convive, sin embargo, con otra forma de beber que preocupa a los especialistas. Entre quienes consumen alcohol, las cantidades ingeridas durante el fin de semana pueden llegar a triplicar las de los días laborables.

Nando señala especialmente el fenómeno del tardeo, que ha ampliado las horas dedicadas al ocio y puede favorecer que algunas personas acumulen nueve o diez copas entre la tarde y la noche.

Detrás de estos excesos también identifica una forma de entender el descanso como recompensa. Después de una semana de trabajo o estudio, algunas personas sienten la necesidad de aprovechar al máximo su tiempo libre y terminan asociando la desconexión con un consumo elevado de alcohol.

El problema no está únicamente en la frecuencia con la que se bebe, sino en la cantidad que se ingiere en un periodo reducido. Concentrar muchas consumiciones en pocas horas aumenta los riesgos para la salud, aunque la persona pase el resto de la semana sin beber.

La resaca no es solo física

Dolor de cabeza, cansancio o malestar estomacal son algunas de las consecuencias más conocidas del exceso de alcohol. Pero sus efectos también pueden prolongarse al estado emocional durante el día siguiente.

La ansiedad, la culpa y la tristeza pueden aparecer después de una noche de consumo elevado, una respuesta que Gaspar relaciona con los cambios que el alcohol provoca en el organismo y en la regulación de las emociones.

El psicólogo destaca la importancia de recuperar hábitos saludables después de estos episodios y señala el ejercicio físico como una herramienta que puede ayudar a mejorar el estado de ánimo y recuperar la rutina, aunque no elimina los efectos perjudiciales del alcohol.

Otra cuestión que le preocupa es el consumo utilizado para superar la timidez o sentirse más seguro en situaciones sociales.

El alcohol reduce las inhibiciones y puede generar una sensación pasajera de confianza. Sin embargo, esa desinhibición no equivale a una mejora real de la autoestima ni de las habilidades sociales. Cuando una persona necesita beber para relacionarse con los demás, el consumo puede estar ocultando inseguridades o dificultades emocionales que conviene trabajar.

Aprender a divertirse sin beber

No consumir alcohol todavía puede resultar incómodo en determinados grupos de amigos. Las preguntas, las bromas o la insistencia para que alguien acepte una copa forman parte de una presión social que dificulta mantener la decisión de no beber.

Para Gaspar, uno de los cambios necesarios pasa por dejar de considerar el alcohol como un requisito para divertirse o integrarse en un grupo.

En el caso de los adolescentes, el papel de las familias resulta especialmente importante. El especialista defiende una educación basada en explicar los riesgos reales del consumo, mantener una comunicación abierta y ofrecer referentes coherentes dentro del hogar.

La prohibición por sí sola no garantiza que los jóvenes desarrollen una relación responsable con el alcohol. Comprender sus efectos, aprender a manejar la presión del grupo y disponer de alternativas de ocio son herramientas fundamentales para que puedan tomar sus propias decisiones.

El cambio de hábitos de las últimas décadas deja así una realidad con dos caras. Cada vez hay más jóvenes que se alejan del consumo habitual, pero entre quienes siguen bebiendo persisten episodios de exceso concentrados en el tiempo, una práctica que plantea nuevos desafíos para la prevención de las adicciones.

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Enzo · Onda Cero Plasencia