«Hacer lo que han hecho ellos es lo que hay que hacer en todos los territorios de alto riesgo de este país»: El Valle del Árrago como ejemplo para prevenir grandes incendios



Ariane Herrera 12/08/2026

¿Es posible detener un gran incendio antes de que aparezca la primera llama?

La respuesta parece estar en el noroeste de Cáceres, concretamente en el Valle del Árrago. En este rincón de la Sierra de Gata, donde el 95% de la superficie es forestal, se está gestando lo que los expertos denominan un «laboratorio vivo» de gestión preventiva. En Más de Uno hemos profundizado en este modelo de la mano de Fernando Rodríguez, presidente de la Asociación de Propietarios Forestales del Valle del Árrago; Óscar Conejero, su vicepresidente y gestor de proyectos; y Fernando Pulido, profesor de la Universidad de Extremadura e impulsor del Proyecto Mosaico.

El incendio de 2015 como punto de inflexión

El gran incendio de agosto de 2015 en Sierra de Gata, que calcinó más de 8.000 hectáreas, marcó un antes y un después en la forma de afrontar el riesgo de incendios en la zona. Dos años después, propietarios de Descargamaría comenzaron a organizarse para buscar fórmulas que permitieran gestionar un territorio eminentemente forestal y cada vez más condicionado por la pérdida de población y el abandono de usos tradicionales.

De aquella iniciativa surgió la Asociación de Propietarios Forestales del Valle del Árrago, que trata de coordinar a los propietarios y trabajar junto a las administraciones para reducir el riesgo.

«Nos vemos en la obligación y en la moral de juntarnos todos los vecinos para evitar estos riesgos. Pretendemos, junto con la Administración, dar una solución al riesgo de incendios motivado por la despoblación y la falta de gestión», explica su presidente, Fernando Rodríguez.

El problema de la «Extremadura vaciada”

La situación de Descargamaría permite entender buena parte del problema. El municipio ha pasado de rondar los 950 habitantes a principios del siglo XX a apenas 102 censados actualmente. La consecuencia no es únicamente demográfica: cuando desaparecen habitantes, también lo hacen actividades que durante décadas mantuvieron aprovechado y gestionado el territorio.

El abandono de terrenos favorece la continuidad de la vegetación y la acumulación de combustible, dos elementos determinantes cuando aparece un incendio. De ahí que el modelo del Valle del Árrago no se limite a crear infraestructuras contra el fuego, sino que busque recuperar actividad en el monte.

Fernando Pulido pone precisamente el foco en esa relación entre gestión y prevención: «El abandono del campo y la acumulación de vegetación hacen que esta esté más seca durante más tiempo. Si actuamos sobre la vegetación, podremos combatir los incendios independientemente de las temperaturas».

El hito del «Monte Protector»

Al ser terrenos particulares, la Administración no podía intervenir legalmente sobre ellos, hasta que se utilizó una figura olvidada en la Ley de Montes: el Monte Protector. 

Gracias a este soporte jurídico, el Valle del Árrago se convirtió en el primero de Extremadura y el más grande de España en su categoría, permitiendo que la Junta de Extremadura invirtiera en infraestructuras preventivas como líneas de defensa y puntos de agua en suelos privados

Además, han desarrollado los llamados «cortafuegos productivos». En lugar de simples franjas de tierra desnuda, se crean espacios de discontinuidad con plantaciones de castaños, alcornoques o madroños que reducen la virulencia del fuego y, a la vez, generan rentabilidad económica para los propietarios. Un ejemplo destacado es la recuperación del alcornoque en el fondo del valle, transformando zonas abandonadas en espacios productivos de corcho y de gran valor estético 

El objetivo, por un lado, es disponer de espacios que puedan dificultar el avance y reducir la intensidad de un incendio; y por otro, conseguir que esas mismas superficies generen una rentabilidad que anime a los propietarios a mantenerlas gestionadas. Uno de los ejemplos desarrollados en el valle es la recuperación del alcornoque en terrenos que habían quedado abandonados, recuperando al mismo tiempo el aprovechamiento del corcho.

Una crítica al modelo actual: Prevención vs. Extinción

La experiencia del Valle del Árrago plantea también un debate más amplio sobre cómo se distribuyen los esfuerzos frente a los incendios forestales. Los medios de extinción resultan imprescindibles cuando el fuego ya se ha declarado, pero la gestión de este territorio pone el foco en todo el trabajo que puede realizarse durante el resto del año para que, cuando aparezca un incendio, encuentre un paisaje menos vulnerable.

Eso implica además de recuperar terrenos abandonados, mantener aprovechamientos agrícolas, ganaderos y forestales y crear discontinuidades en la vegetación, conseguir que los propietarios encuentren motivos económicos para seguir gestionando sus fincas.

Fernando Rodríguez lamenta que la burocracia paralice proyectos vitales “Muchas veces chocamos con paredes que no nos dejan avanzar”. 

La cuestión adquiere especial importancia en zonas donde conviven montes públicos gestionados con numerosas propiedades privadas que han ido quedando abandonadas.

Óscar Conejero plantea esa reflexión desde la experiencia de los propietarios: «¿De qué nos vale destinar 66 millones a montes públicos si un incendio entra por una propiedad privada sin gestionar?”, y subraya que es mucho más barata la «restauración verde» preventiva que la «restauración negra» tras la catástrofe.

Fernando Pulido lo resume así: «Tenemos mucho énfasis en el ejército del aire, los medios de extinción, pero el ‘ejército de tierra’ son los agricultores, ganaderos y gestores forestales. Ellos tienen más capacidad de prevenir porque están todos los días en el territorio”.

Frente a invertir únicamente después de que el incendio haya dejado el terreno quemado, el modelo que se ensaya en el Valle del Árrago propone intervenir antes: mantener un paisaje vivo, aprovechado y con actividad económica como una herramienta más de prevención.

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